Tras un gran evento, como una feria, una inauguración, una fiesta o un lanzamiento, el equipo está cansado y el lugar de trabajo, revuelto. Mucho de lo que se dejó de lado durante la preparación sigue esperando. El día siguiente no es el mejor para arrancar a toda velocidad, pero sí para poner orden y recoger lo que quedó suelto, antes de que se convierta en una montaña de pequeños olvidos.
Recoger sin prisas
Empieza con una vuelta por el espacio. Devuelve lo prestado, guarda el material, tira lo que sobra y anota lo que falta o se ha estropeado. Si otras personas ayudaron, agradéceselo con un mensaje breve. Un lugar ordenado ayuda a la cabeza a pasar a otra cosa, y da la sensación de que el evento ha terminado de verdad y se puede mirar hacia delante.
Haz una lista de todo lo que se quedó pendiente durante la preparación: mensajes sin contestar, llamadas, facturas, tareas aparcadas. Ordénalas por urgencia. Algunas se pueden resolver esta misma mañana, otras necesitan un día concreto esta semana y otras pueden esperar. Así ves el volumen real, que suele ser menor que el miedo, y puedes decidir con calma por dónde empezar.
Anota también lo que has aprendido del evento: qué funcionó, qué se hizo demasiado tarde, qué se repetiría. Hazlo cuanto antes, porque los recuerdos se apagan rápido. Puedes reunir al equipo un rato y dejar que cada uno cuente su parte. Esas notas te servirán de base la próxima vez y ahorrarán discusiones sobre lo que ocurrió y quién hizo qué.
No planees un día demasiado exigente. Reserva tiempo para responder a lo que llegó durante el evento, para hablar con quienes participaron y para descansar un poco. Si hubo asistentes o clientes, envía un mensaje de agradecimiento. Cuando todo esté recogido, el equipo podrá volver a su ritmo habitual con la sensación de haber cerrado bien y de estar listo para lo que venga después. Un pequeño gesto de reconocimiento, como un café compartido, ayuda a cerrar el capítulo con buen ánimo.